Luciano Suárez (Buenos Aires, 1976) has long been settled in Madrid, his beloved adopted city. A great contributor to the city’s “scene”, he has his studio in the Tetuán district –one of the few decent and genuine collective workshops in the Spanish capital— where he creates large-format paintings that express straightforwardly the ludic side of pictorial creation.

At first sight, Luciano’s paintings remind us of the social outcasts that so well nourished the vanguards and the main artistic movements of the 20th century (mad people, prisoners, savages). Such approaches point to the same direction: the searching for and the courting with something pure and genuine, inspired by the belief that homo is faber and also ludens. Luciano plays by doing –or does by playing— from the guts, his work being the result of a sleight of hands that extends to the rest of the body, as painting is to him a bodily and physical experience rather than an intellectual one, relishing in the very act of painting and in everything a painting requires to become an object, which is a wonderful relief.

However, his work is not just an aggregate of congruent influences (expressionism, surrealism, Dadaism, art Brut, bad painting, Neue Wilden). Neither does the association with a trend set by some contemporary German painters (André Butzer) make him justice. The moment one tries to label him, to make him more concrete, he takes a fresh U-turn, filtering the influence and generating something new and personal—the result of his playing on the painting.

There is also a street art element in his work that ignores academia and finds inspiration in outsider themes and formalisations, seasoning them with individual and subjective freedom.

Luciano’s paintings seem to tune in with the invisible, to reduce any trace of solemnity, paying a clear homage to the reverse of the scene, to the idea of carnival in all its meanings and consequences—the costumes, the laughter, the partying and the indulgence of alcohol-drenched hours, and the accompanying aesthetics. Everyday carnivals, ghosts of ethylic nights are represented by half-unmade figures, slightly recognizable figurative motives born as a mere excuse to develop the formal and material side of his work. This is why he gracefully uses all kinds of colours and tools (paintbrushes of different sizes, sprays), generating in his experimentation different textures and a deep bi-dimensional space with layers and glazes revealed by the drippings at the base of the painting, giving us clues as to the temporal process of its creation.

Luciano reconsiders painting by rejuvenating the genre, by rethinking it and expanding it, making it contemporary while retaining its timeless element.

 

Cristina Anglada (independent curator, researcher and contemporary art critic).

 

 

Luciano Suárez (Buenos Aires, 1976), lleva ya tiempo instalado en Madrid, ciudad de adopción que adora y a cuya “escena” él aporta mucho. En su estudio de Noviciado –uno de los pocos talleres colectivos decentes y auténticos que posee nuestra ciudad- uno se enfrenta a sus lienzos de gran formato. Sin trampa ni cartón, sus obras nos remiten a la tarea lúdica de la creación pictórica.

A primera vista, las obras de Luciano nos recuerdan a los productivos márgenes con los que se han nutrido las vanguardias y los principales movimientos artísticos del siglo XX (niños, locos, presidiarios, salvajes). Tales acercamientos se encaminan hacia una misma dirección: la búsqueda y cortejo de algo puro, auténtico, inspirado en las creencias de que el homo es ludens y es faber. Juega haciendo, o hace jugando desde el instinto. Las obras de Luciano son resultado de un juego de manos prolongado a todo el cuerpo, pues pintar en su caso es más una experiencia corporal y física que intelectual, surgiendo un alivio maravilloso en ese recrearse en la actividad y todo lo que ésta requiere para devenir en objeto.

Sin embargo, su trabajo no se puede limitar a ser suma de una mera ristra de influencias bien avenidas (expresionismosurrealismodadaismo, art Brutbad paintingNeue Wilden). Tampoco colma asociarlo a cierta tendencia conformada por algunos pintores alemanes contemporáneos (André Butzer). Una vez intentas catalogarlo y con ello solidificarlo, él vuelve a cambiar de dirección frescamente, pasando la influencia por su filtro, generando otra cosa, suya, propia de su juego.

No se puede obviar el elemento callejero en sus trabajos, entendido de nuevo como un salirse de lo académico, de buscar la inspiración en temáticas y formalizaciones de “fuera” (outsider), pasándola por el dentro de uno, aliñándola con la libertad individual y subjetiva.

En su trabajo parece buscarse un sintonizar con lo invisible a la vez que rebajando su elemento de seriedad, realizando un claro homenaje al reverso de la escena, al carnaval en todas sus acepciones y consecuencias. El disfraz, la risa, la fiesta y permisividad en sus horas ya maceradas, con la estética que lo acompaña. Carnavales cotidianos vividos, espectros de algunas noches etílicas emergen a modo de figuras medio deshechas, motivos figurativos ligeramente reconocibles, que aunque tal, han nacido a modo de mera excusa que permite desarrollar la parte formal y matérica de su trabajo. De lo que se trata realmente es de jugar con el material que forma el lienzo, sin cerrarse en posibilidades. De ahí que el autor utilice con desparpajo todo tipo de colores y herramientas (pinceles en diversos grosores, sprays), generando en su experimentación diversas texturas, concibiendo a la vez un resultado bidimensional en profundidad de capas disímiles y veladuras que se aprecian en goteos acumulados en la base y que dan pistas del proceso temporal del mismo.

Con todo, Luciano reconsidera la pintura, rejuveneciendo el género, repensándolo, expandiéndolo, haciéndose actual a la vez que guardando su elemento eterno.

Cristina Anglada (comisaria, investigadora y crítica de arte contemporáneo independiente).